Un viaje a través del “valle inquietante”

¿Por qué los robots ultrarrealistas nos suelen inquietar y los osos de peluche no? La respuesta radica en el concepto del “valle inquietante”.

¿Has experimentado alguna vez esa inquietud difícilmente explicable que se siente ante la presencia de una muñeca o un maniquí en un escaparte de una tienda o cuando ves un robot particularmente realista? ¿Has tenido alguna vez la sensación de que “algo está mal” sin saber realmente por qué? Si la has tenido, lo cual es muy probable especialmente si estás familiarizado con las películas de ciencia ficción y las imágenes generadas por ordenador, has experimentado lo que se conoce como el “valle inquietante”.

Robot con rostro humanoide dotado de inteligencia artificial

En 1970, el japonés experto en robótica Masahiro Mori publicó un artículo en la revista Energy titulado “El valle inquietante”. El nombre hace referencia a la sensación de inquietud (una extrañeza familiar y perturbadora) que mencionó por primera vez el psiquiatra Ernst Jentsch, y posteriormente Freud, a principios del siglo XX en referencia a un cuento de Hoffmann sobre Olimpia, una muñeca autómata de gran realismo.

En su artículo, Mori presentó un estudio que realizó sobre el efecto negativo que tiene el aspecto de un robot en una persona.
El estudio consistía en presentar diferentes tipos de robots a un grupo de personas, desde los brazos articulados que sueldan la carrocería de un coche hasta las muñecas Bunraku, unas marionetas gigantes que se utilizan en un tipo de teatro japonés, y los androides ultrarrealistas.

Lógicamente, la empatía que las personas sintieron por los robots industriales era parecida a la que podrían sentir por una tostadora, es decir, nada de nada. Y como también era de suponer, un oso de peluche les produjo un poco más de emoción, un lindo robot incluso más, etc. En pocas palabras, cuanto más se parece el androide al humano, más gente empatiza con él. Sobre el papel, esto se representaría con una marcada curva ascendente… pero cuando a los participantes les mostraron robots demasiado humanos, todo cambió. Esta apariencia casi humana, que anteriormente había suscitado empatía y aceptación, de repente se transformó en repulsión ante ese mayor nivel de realismo.

Aunque de momento sigue siendo una teoría, los defensores de este concepto creen que está relacionado con el reconocimiento facial, una importante capacidad del ser humano (y de los primates). Basta con un simple vistazo (170 milisegundos) para saber si conoces o no a la persona que tienes delante, si es o no hostil e incluso si goza o no de buena salud.
Cuando nos encontramos con un oso de peluche, el reconocimiento facial no se tiene en cuenta ya que se trata de un objeto. Sin embargo, en el caso de un robot hiperrealista, todo indica que el cerebro tiene dificultades para gestionar la información contradictoria de este extraño rostro (amigo o enemigo, nervioso o no, etc.). También es interesante comentar que en la parte baja de esta curva del “valle”, algo que es “demasiado realista” evoca los mismos sentimientos negativos que un cadáver.

Sea o no cierta, aún hay mucho por explorar en la teoría del “valle inquietante”; los investigadores están evaluando si la gente experimentará el mismo nivel de inquietud ante la presencia de una inteligencia artificial muy avanzada en el futuro.

Erica (Laboratorio Hiroshi Ishiguro, Universidad de Osaka)

Cyrille Baron

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